Los hechos sangrantes que han ocurrido en Egipto en los últimos días han puesto de manifiesto una serie de puntos importantes:
- Parece que en el Desierto del Sinaí, no lejos de las fronteras de
Gaza e Israel, existen grupos salafistas armados. Estos grupos no dudan
en atacar a los soldados del nuevo gobierno liderado por los Hermanos
Musulmanes egipcios. En esta parte del país, los incidentes violentos
–comisarías atacadas, turistas secuestrados, un oleoducto volado- se han
convertido en habituales desde la Revolución de 2011.
- El nuevo presidente Mohammed Mursi ha reaccionado con rapidez y
firmeza a estos ataques. Una decena de militantes murieron el miércoles
en un ataque del Ejército contra el puesto fronterizo de Rafah,
fronterizo con la Franja de Gaza. Se ha producido objetivamente una
aproximación entre Mursi y los Hermanos Musulmanes, la primera fuerza
política del país, y el Ejército.
- Hamas, la rama palestina de los Hermanos Musulmanes, se ha
solidarizado con Egipto y el nuevo gobierno de Mursi, que, con su
decisión de reabrir la frontera, constituye un apoyo político y
económico muy valioso.
Existe, pues, claramente un conflicto entre
las instituciones islamistas establecidas –el gobierno egipcio y Hamas- y
los grupos radicales.
Si el Sinaí se convierte en una zona sin ley, como sucede en las
zonas tribales pakistaníes o algunas zonas de Siria ahora, las
consecuencias para la seguridad de los egipcios así como para los
suministros de petróleo o la industria del turismo serían nefastas.
Esto podría afectar también al futuro político de Egipto. No puede
olvidarse que en las últimas elecciones legislativas, el Movimiento An
Nur, la formación abiertamente salafista, logró el 24% de los votos.
Sobre un terreno de extremismo político puede crearse una base popular
para una eventual guerrilla salafista estructurada. Ciertamente, no
todos los adeptos a An Nur apoyan la lucha armada, pero sí se han
producido incidentes violentos protagonizados por elementos de este
movimiento en el país.
Obligado por su función, y los desafíos que ella implica, Mursi se
verá obligado tarde o temprano a hacer frente a su adversario: el
extremismo salafista. Él ha comenzado ya a actuar mediante hechos y
palabras. Los dirigentes de Hamas también podrían verse obligados a
tomar esta posición.
Ambos no pueden olvidar tampoco a la Libia vecina, que vive una inestabilidad persistente.
Y de Egipto vamos a Siria, convertida en el auténtico laboratorio del
terrorismo salafista y de la lucha antiterrorista en el mundo árabe.
Lo que sucede en Siria podría extenderse a Egipto si este país no toma
medidas. Los elementos están ahí: una base sociológica importante para
el salafismo, una mala situación económica agravada por el crecimiento
demográfico, grupos armados ya creados y operando etc. Y la proximidad
de Israel, verdadero pretexto para las acciones de unas bandas que, como
en Siria, sólo matan árabes.
Confrontado todavía de manera marginal a los mismos adversarios que
el gobierno sirio, el nuevo poder egipcio, que cuenta con el respaldo
de un ejército muy potente y del movimiento islamista moderado, va sin
duda a adoptar una línea antiterrorista firme. Y esta toma de postura no
puede sino tener consecuencias en lo que respecta a la postura de
Egipto en el conflicto sirio. El presidente Mursi ha dado prueba en
varias recientes declaraciones de una postura moderada en este tema
condenando las injerencias extranjeras, algo que no ha sido bien
recibido por los Hermanos Musulmanes sirios, principales actores dentro
del Consejo Nacional Sirio.
En todo caso, se abre un nuevo frente para la diplomacia de EEUU que
no va a poder continuar durante mucho tiempo alentando las tendencias
radicales en Siria sin evitar que éstas se extiendan a Egipto, Libia,
Yemen o la propia Arabia Saudí.
Fuente: http://www.almanar.com.lb/spanish/